Fantasía Urbana

Estallido

"1973 – 2019: HAY HERIDAS QUE NO SANAN."

En las sombras de la revuelta social, algo más antiguo y hambriento que la represión ha despertado.

Portada de Estallido

"En esta segunda entrega, Claudio nos trae una historia ágil y fascinante... Literalmente lo devoré. Logra borrar las líneas que dividen nuestro pasado, presente y futuro..."

— Dennis Andrés Quezada

Demonios de la dictadura

Quería escribir una novela noir, con un detective duro y cínico, pero en un Chile donde la magia no es brillante, sino que ocurre en los rincones sucios. Mi obsesión era conectar el horror sobrenatural con el horror histórico de la dictadura militar, sintiendo que ambos 'demonios' se alimentaban de la misma energía.

No tenía mucho más que esa atmósfera... hasta que la realidad superó a la ficción. En octubre de 2019, ocurrió el Estallido Social. Mientras el país ardía, las piezas encajaron: Teo Nahuen se convirtió en el puente viviente entre dos épocas de violencia.

Para la magia, opté por algo crudo y directo. No hay 'tradiciones' místicas complejas aquí; son órdenes a la naturaleza. Usé el mapudungún para estructurar mandatos que, combinados con ciertos rituales, obligan a la realidad a obedecer.

Sin embargo, lo que más define a este libro es lo que no está.

Originalmente, existía un Capítulo 1 de siete páginas —escritas en Arial 11— que relataba minuciosamente unos hechos ocurridos en Temuco, en agosto de 1967. Ahí se explicaba la 'maldición' de Teo y el origen exacto de su trauma. Era una crónica perfecta, pero mataba el misterio.

Así que, con el dolor de mi alma, lo eliminé. Ese texto suprimido se transformó en el verdadero backstory: es el motor invisible que mueve al protagonista y que se respira en cada página, aunque el lector nunca llegue a leerlo.

Ficha Técnica

Título
Estallido
Publicación
2021-02-01
ISBN (Físico)
978-956-09600-1-6
Páginas
144
Género
Fantasía Urbana
Serie
Teo Nahuen
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Director's Cut

Primeras Páginas Pasa el cursor por el texto resaltado para ver mis notas.

Capítulo 1

El olor a lacrimógena se hacía cada vez más intenso [Nota del autor]: ¿Cómo abro la novela y te engancho de inmediato? Esta es mi segunda novela, y todavía estaba preocupado de hacer inicios contundentes. Asi que se me ocurrió que comenzar in media res y con algo disruptivo, cumpliría el objetivo. Esa línea configuró lo que debía ser el resto del capítulo. [Fin de nota].

Teo caminaba a grandes zancadas apoyándose en su báculo de madera nudosa. En circunstancias normales habría sido un espectáculo digno de verse: un viejo pequeño [Nota del autor]: La acción transcurre en dos espacios temporales, por lo que debía ser viejo, para tener una versión joven en el pasado. Pero, originalmente, Teo era un detective en el inicio de sus 40. El setting original era disrtinto, pero quería tener magia. Las características de Teo se fuero definiendo a medida que iba necesitando que fuera funcional a la historia. [Fin de nota], con pelo y barba canosa que se desparramaban para todos lados. El sombrero de fieltro ocultaba su rostro, y lo que quedaba al descubierto parecía un pergamino ajado y oscuro. El impermeable que le llegaba a los tobillos ocultaba su delgadez y le hacía perder litros de agua por el calor del atardecer. Sin embargo, no daba señales de siquiera notarlo. El báculo -que era más grande que él- se clavaba en el cemento con un ritmo desacompasado, haciendo que, en lugar de caminar, pareciera deslizarse remando con una pértiga.

Pero en un día como ese, era solo uno más en la variopinta reunión de especímenes extraños que orbitaban en torno a la ex plaza Baquedano, actual «plaza de la dignidad».

Hacía un mes y medio que todo se había puesto patas arriba [Nota del autor]: Escribí esta novela durante la pandemia, asi que me pareció natural situar la acción durante el estallido social (unos meses antes). Esa acción real le daba un sentido de urgencia real. Ahora, creo que también quería entender lo que había pasado, y esta fue mi forma de procesarlo. [Fin de nota], y la gente copaba las calles gritando, saltando y cantando en un verdadero carnaval espontáneo que copaba las calles, llenado el aire con el ruido de las conversaciones y gritos, los tambores de batucadas y gente golpeando sus cacerolas con cucharas de palo. Muchachas y chicos semidesnudos para soportar el calor, con la cara cubierta con paños, máscaras antigás o poleras enrolladas, enfrentaban a las fuerzas especiales de carabineros con piedras y palos. Y obtenían, como respuesta, andanadas de bombas lacrimógenas y disparos [Nota del autor]: Estuve en la zona cero, durante las protestas. Sólo fui un día, pero la impresión que me causó fue clara y definitiva. [Fin de nota] con escopetas antidisturbios.

Teo sabía que debía evitar la zona de choque entre manifestantes y policía. Todos sabían que estaban disparando al cuerpo, e incluso a la cabeza, por lo que había que ser muy valiente -o loco- para meterse en ese lugar.

Pero no tenía opciones.

Se detuvo y olisqueó el aire. El hedor se sobreponía al picor de los químicos, y parecía venir de cerca de la plaza. Tenía que apurar el paso.

Si no lo agarraba, habría muertes.

De las sangrientas, horribles y sin sentido.

La multitud le estorbaba. Era un verdadero rio humano que bajaba desde la plaza hacia el sur, llenando la avenida Bustamante de lado a lado. Miles de personas caminaban, bailaban [Nota del autor]: Descripción literal de la vez que fui a la zona cero. Era una mezcla de carnaval y guerra localizada en un par de esquinas. Los "primera línea" se agarraban a piedrazos con los carabineros, y el resto estaban de fiesta (Hasta había gente vendiendo mojitos...). [Fin de nota], se detenían a conversar, beber o comer algo, llenando cada metro cuadrado. Avanzar era casi imposible, tanto como identificar y alcanzar a su objetivo.

Sacó una brújula del impermeable y se la acercó a los labios.

─ Leliñe [Nota del autor]: La magia de Teo se basa hacer hechizos y activar la magia imbuida en objetos. Es algo así como un switch activado por voz. Y en el caso de Teo, se activa en mapudungun. Me reuní con mapuches para diseñar los hechizos y que tuvieran cierta verosimilitud. [Fin de nota] ─ susurró.

La aguja saltó y comenzó a oscilar de izquierda a derecha. Teo se detuvo para estabilizarla.

─ Vamos, vamos ─dijo, entre dientes─. No me falles ahora.

La aguja vaciló una vez más. Al parecer, la energía de la multitud causaba un bloqueo.

─ ¡Mierda! Tengo que encontrar un lugar más tranquilo ─dijo, en un susurro ahogado. Miró a su alrededor, y localizó una callejuela lateral. Esquivando vendedores ambulantes, grupos de curiosos y malabaristas callejeros, se abrió paso hasta el callejón, que no tenía salida.

Algo no estaba bien.

A excepción de un contenedor de basura, estaba vacío.

Y olía como la carne podrida por días al sol.

Era tan nauseabundo que la multitud evitaba la zona, creando un vacío.

Teo se acercó despacio.

─ ¡Viejo! ¿Qué mierda es ese olor? ─gritó alguien a su espalda. Teo se giró y vio a un grupo vestido con camisetas de fútbol blanca, acompañados con otros con camisetas azules. Tenían latas de cervezas y botellas de pisco y ron.

─ Apuesto que es un perro muerto. ¡Vamos a ver! ─respondió otro. El grupo avanzó al callejón, dejando a Teo atrapado entre ellos y el contenedor de basura.

─ ¡Salgan! ¡Ahora! ─alcanzó a gritar, cuando sintió un viento caliente que pasó sobre él. Una sombra cayó sobre el grupo y los aplastó.

Un grito profundo y salvaje resonó en el callejón y algunos de los tipos comenzaron a sangrar, apachurrados en el suelo.

Teo había quedado boca abajo. El peso sobre su cuerpo era brutal. El hedor se le metía en los pulmones, quemando con cada inspiración que lograba boquear.

Sabía que no había tiempo que perder. En un instante se iba a convertir en pasto de curiche. Juntando las escazas fuerzas que le quedaban, afirmó el báculo y gritó.

─ ¡Pelon!

Un destello, como la luz del sol al aparecer entre las montañas, cegó a todos.

La sombra chilló y salió huyendo [Nota del autor]: La primera descripción de los curiches (gente negra) es vaga por dos causas: 1) mantener el misterio; 2) en este momento de la escritura, no tenía idea de cómo eran. De hecho, ni tenían nombre. Luego recordé una frase despreciativa de una tía: "negro curiche"... y me gustó como sonaba. Y así fueron bautizados. [Fin de nota], reptando por los muros de los edificios.

─ ¿Están todos bien? ─preguntó.

Nadie respondió. Yacían inconscientes, en un charco nauseabundo de ectoplasma.

Se dio cuenta que su mano izquierda sangraba. Tenía restos de vidrio incrustados en la palma.

El resto de la brújula descansaba hecha añicos en el suelo.

─ Genial ─resopló.

 

* * *

 

Los policías enfundados en sus armaduras anti disturbios, contrastaban con los pantalones cortos, torsos desnudos y cabezas cubiertas con paños y poleras de los «capuchas».

La policía disparaba perdigones, y trataba de hacer replegar a los «primera línea», muchachos que delimitaban la frontera entre el territorio ocupado por los manifestantes y las fuerzas de orden. La maquinaria de guerra urbana chocaba con señales de tránsito, maderas, piedras y la voluntad de luchar. Y perdía.

Teo estaba sentado a la sombra, en la entrada del teatro de la Universidad de Chile, a pasos del epicentro de las protestas.

A la distancia, las detonaciones de los disparos de la policía resonaban. De inmediato los manifestantes respondían lanzándoles fuegos artificiales, que reventaban con explosiones en cadena. Y cada vez que uno alcanzaba su objetivo, la multitud vitoreaba.

─ Tranquilo, tatita ─dijo el muchacho, envolviéndole la mano con gasa─. ¿Ve? Ya estamos listos.

Teo trató de calibrarlo con una mirada. No tendría más de veinte años, pero ya actuaba como médico de batalla. Llevaba un casco blanco, un brazalete y un chaleco, todos con la cruz roja.

Abrió y cerró la mano, probando el vendaje.

─ Lo haces bien, chico. ¿Cómo te llamas?

─ Gustavo ─respondió el muchacho─. ¿Estará bien? Si quiere lo acompaño para salir de aquí. Aún es peligroso.

Teo cerró los ojos. Fue consciente de sus setenta y cinco años. Las rodillas ya no funcionaban igual. Tampoco los puños. Se quedaba sin aliento más seguido y le costaba volver a moverse tras mucho tiempo de inactividad. Hacía rato que necesitaba lentes, pero se negaba a usarlos. No era un inválido, y no necesitaba ayuda.

Miró al chico y lo volvió a evaluar: atlético, con toda la energía de los veinte. Delicado en el trato, cerebral, y atento.

No era un rival. Lo podría hacer pedazos en cualquier momento.

─ Puedo solo ─respondió.

El chico enmudeció, y se le quedó mirando, confundido.

Un grupo de capuchas llegó al puesto de primeros auxilios llevando en camilla a un flaco desmayado.

La sangre chorreaba por los costados.

─ ¡Qué hicieron ahora estos hijos de puta! ─gritó alguien. Tres enfermeros se inclinaron sobre el herido, buscando los orificios por los que se desangraba.

A Teo le bastó un vistazo para reconocer las cuatro líneas paralelas que atravesaban el pecho del capucha, de lado a lado, y por las cuales se veía el interior del cuerpo.

Era la zarpa del curiche.

─ ¿Dónde lo encontraron? ─preguntó a los camilleros.

En Ramón Corvalán, al lado del paradero del Transantiago [Nota del autor]: Locación real de dónde se registraban los choques entre carabineros y "primera lineas". Es un punto neurálgico de santiago, que permite bajar desde el centro hacia el sur, y tomar una de las grandes avenidas que atraviesan la ciudad de sur a norte. Y en ese lugar, muy cerca, hay una comisaría de carabineros. El lugar era un desastre, para el comercio y para la pobre gente que vivía en los edificios de esa calle. [Fin de nota] ─respondió uno─. No sé cómo, pero venía arrastrándose. Se desmayó, y cuando los pacos dejaron de disparar, lo sacamos.

Teo se puso de pie. Se aferró al báculo y enfiló al lugar donde encontraron al herido.

El caos estaba disminuyendo.

Una tregua se había impuesto, y no había disparos ni piedrazos de ninguno de los bandos. Parecía que los grupos se habían replegado para descansar.

El camino era claro. Bastaba seguir el reguero de sangre.

Cuando llegó a la esquina de Alameda con Ramón Corvalán, vio la destrucción. Estaba así desde hacía dos semanas, cuando se convirtió en el lugar de enfrentamiento favorito de manifestantes y policías. De los semáforos no quedaba nada, ni siquiera los postes. Los edificios colindantes tenían los ventanales rotos o cubiertos con planchas de madera aglomerada. La calle estaba cubierta del polvillo dejado por las bombas lacrimógenas, agua con químicos y cascotes de cemento y piedras.

Sin embargo, la calma era absoluta. No había carabineros ni “primeras línea”.

A mitad de cuadra, hacia el sur, un bus de carabineros impedía ver qué sucedía tras él.

Tenía que arriesgarse. El rastro de sangre venía desde esa dirección.

Sacó una piedra del bolsillo, y le susurró.

─ Leflepemen.

La piedra brilló con un fulgor azul fantasmal por un instante, y se apagó. Teo la aferró con fuerza y sintió el hormigueo de la magia atravesar la venda. Hizo una última comprobación [Nota del autor]: Como dije anteriormente, la magia de Teo está basada en la activación de objetos imbuidos en magia. Por eso debe ir preparado a la batalla. [Fin de nota] del báculo, el sombrero y el impermeable, y se dirigió con paso decidido al bus.

 

* * *

 

Los cuerpos estaban esparcidos como muñecas de trapo lanzadas violentamente y sin miramientos. Contó ocho cuerpos en distintos estados de destrozo. A sus pies estaban unas piernas enfundadas en el traje antidisturbios, pero empapadas en sangre.

El torso estaba a tres metros, al lado de un tipo derrumbado con las tripas desparramándose en el cemento.

Justo donde el curiche comía las vísceras.

El hedor se le metió en la nariz, pero desechó la molestia con un movimiento de cabeza, como quien espanta a una mosca. No podía distraerse con nimiedades.

Alzó el báculo, y con todas sus fuerzas gritó.

─ ¡Ültuluwun!

Una red de luz se formó sobre su cabeza, creando un domo brillante de luz dorada que se desvaneció tan rápido como apareció.

El curiche se giró hacia Teo y lanzó un aullido de incredulidad y rabia. Dio un salto, tratando de escapar, pero chocó con el muro invisible creado por Teo.

Un estallido de luz iluminó al curiche, definiendo sus contornos. Por un momento pudo ver [Nota del autor]: En algún momento iba a tener que describirlo. Lo mas interesante es que no sabía qué decir... hasta que ví el lomo de una caja de mis juegos. Tenía un logo. Y estaba al revés... y tenía la forma de este fantasma estilizado y feo. Asi que ya saben: la inspiración viene de cualquier parte. [Fin de nota] que no tenía piernas, sino que el torso se alargaba hacia abajo, terminando en una cola larga y angosta. Del pecho ancho y poderoso surgían dos brazos largos, nervudos, con manos desproporcionadamente grandes y dedos filosos. La cabeza era alargada y movediza, como una llama negra, y del cuello sobresalían unas protuberancias que parecían huesos filosos.

Cuando la luz se extinguió, Teo quedó deslumbrado por un momento. Sólo el chillido del curiche le avisó del ataque. Supo que vendría directo a empalarlo, así que esquivó hacia la derecha.

Calculó mal.

El golpe le dejó sin aliento.

Sus pies se despegaron del suelo y el viento en la nuca le azotó a toda velocidad.

Los reflejos le salvaron. Metió la barbilla en el pecho y se hizo un ovillo.

El impacto contra la barrera le nubló la vista. Pero no se quebró el cuello.

─ ¿Nooo mueeereeeeeeee? ─ bramó el curiche, y saltó sobre él.

Teo volvió a quedarse sin aire. El trabajo del impermeable había evitado que lo atravesara, pero no había absorbido la fuerza del golpe [Nota del autor]: La magia protege del daño, pero no de la física: la fuerza cinética tiene su costo. [Fin de nota]. Calculó que dos costillas estaban rotas, y que debía tener una hemorragia interna. Maldita vejez.

─ Cállate y pelea, Gasparín ─dijo, con voz entrecortada, levantando el báculo débilmente.

El curiche se movió a la izquierda, alejándose del arma.

─ Caíste ─dijo, riendo. Lanzó el puño izquierdo como un golpe al mentón, y enterró la piedra en el pecho de la bestia─. ¡Pelon!

El efecto fue demoledor.

El brillo de la piedra aumentó como un pequeño sol. el curiche chilló de dolor. Se retorció tratando de escapar, pero estaba atrapada como una mariposa atravesada por un alfiler. Su cuerpo se iluminó desde adentro y comenzó a hervir.

Un olor a carne quemada y a basura putrefacta abofeteó a Teo. En el último instante giró sobre sí mismo, y se refugió dentro del impermeable, en posición fetal.

El curiche estalló.

Restos de ectoplasma hirviendo cayeron sobre toda la cuadra. El bus de policía tambaleó y el estruendo quebró las ventanas de los edificios cercanos.

Teo se puso de pie lentamente. Le costaba respirar y cada movimiento era un mar de dolor. Pero lo peor es que no podía escuchar nada.

Recogió su sombrero, se lo enterró hasta las orejas y caminó hacia la alameda, arrastrando la pierna derecha. Cada paso era una agonía.

Vio que la gente comenzaba a acercarse. Entre ellos reconoció al chico de la cruz roja, que corría hacia él.

Parecía que le gritaba algo.

Le hacía señas, apuntando hacia atrás.

Teo se giró, despacio. No podía hacer movimientos bruscos.

La policía había vuelto.

Menudo lío en el que se iba a meter. Ocho muertos, todos destrozados, y sólo un montón de limo oscuro como prueba de que no fue él. Y para peor, el ectoplasma desaparecería en unos minutos.

Pensaba en cómo salir de ahí, en correr y buscar ayuda con sus heridas, cuando vio un destello y humo.

Algo tocó su cabeza.

Y todos se fue a negro.

 

* * *

 

─ ¡Cúbranlo! ─gritó Gustavo, desesperado. El piquete de carabineros disparaba con todo a la muchedumbre, y a diferencia de antes, gritaban como locos. Parecían dispuestos a cargar contra la masa, sin importarles nada.

Un grupo de encapuchados se separó del resto y corrió para ubicarse entre la policía y Teo, que yacía desmayado en el suelo. Llevaban escudos construidos con la mitad de tarros de gasolina, y formaron una falange romana, cubriendo a los rescatistas por el frente y por arriba, protegiéndolos de los golpes de los disparos y las bombas lacrimógenas.

Gustavo se agachó a examinar a Teo. Una lacrimógena estaba tirada a su lado, y su niebla blanca y asfixiante comenzó a rodearlos. Otro capucha, con gruesos guantes de la construcción y máscara antigases, corrió hacia ellos cargando un bidón de agua con un hoyo en la parte superior. En un solo movimiento tomó la lacrimógena, la metió en el líquido, tapó el bidón y corrió de vuelta tras la muchedumbre para esperar a que el agua neutralizara la reacción química, apagándola.

Gustavo le quitó el sombrero a Teo. El proyectil le había impactado de lleno, pero no tenía cortes ni laceraciones. La piel arrugada a la altura de la sien se veía morada y rápidamente se formó una inflamación.

Era grave.

─ ¡Ayúdenme! ¡Hay que hacer una camilla! ─volvió a gritar.

Los capuchas no perdieron el tiempo. [Nota del autor]: Otro nombre con el que se conocía a los "primera línea". Era "los capuchas" porque iban encapuchados. [Fin de nota] Lo habían hecho decenas de veces en las últimas semanas. Varios se sacaron las poleras y las tendieron en el suelo. Entre todos pusieron a Teo sobre la camilla improvisada, y tomando los bordes de la tela, lo levantaron. Entre tanto los defensores comenzaron a retroceder.

Gustavo sacó el teléfono y activó el mensaje de audio por la aplicación de chat.

─ Llevo a un viejo, más de setenta, inconsciente ─relató con voz calmada y firme─. Le dieron con una lacrimógena en la cabeza. Pérdida de conciencia, sin cortes ni sangre. Llamen a la ambulancia ya.

Guardó el teléfono, rogando que la ambulancia pudiera pasar. El trayecto de dos cuadras se hizo eterno, aun cuando la multitud se abría para dejarles el paso. A su espalda la guerra se había reanudado, y ahora los disparos sonaban distintos. La marea humana comenzó a moverse hacia la esquina maldita, y las piedras, pedazos de cemento, palos y botellas volaron hacia donde estaba ubicado el bus de carabineros.

Cruzaron Vicuña Mackenna y la zona cero, el lugar donde antes había estado la entrada a la estación de metro Baquedano [Nota del autor]: Real. Ese lugar era irrespirable. Era cosa de acercarse unos metros y quedar anulado con el picor de ojos y nariz. [Fin de nota], y que ahora parecía zona de guerra tras un intenso bombardeo. Por un momento se le apretó la nariz y los ojos se le llenaron de lágrimas. Un ardor insoportable se apoderó de sus pómulos, pero se obligó a seguir caminando. Era el resultado de los químicos que se habían aposado en el lugar por un mes y medio de enfrentamientos.

Por fin llegaron a la entrada del Teatro de la Universidad de Chile, donde estaba funcionando el puesto avanzado de la cruz roja [Nota del autor]: De nuevo, real. [Fin de nota].

Mientras la doctora examinaba a Teo, Gustavo sintió vibrar su teléfono. Se hizo a un lado para mirar bien la pantalla.

Era su padre.

La quinta llamada.

Colgó.

El teléfono volvió a vibrar.

Exasperado, volvió a revisarlo. Esta vez era el chat del puesto de la cruz roja. El texto era esperanzador: «La ambulancia los espera en la salida sur del metro».

Otros también habían recibido el mensaje, y organizaron el traslado. Esta vez pusieron a Teo en una camilla de verdad, le inmovilizaron la cabeza, y le aseguraron con correas.

Gustavo tomó el sombrero y la mochila de Teo, y los acompañó. El grupo se movió veloz por Ramón Carnicer, una cuadra hacia el sur. La ambulancia los esperaba con el motor encendido.

Metieron a Teo y sus cosas.

Gustavo no dudó un instante. Se subió y se sentó a su lado.

La ambulancia encendió la baliza y la sirena aulló a todo volumen. Lento en un comienzo, y luego cada vez más rápido a medida que llegaba a zonas más descongestionadas, el vehículo avanzó buscando el hospital más cercano.

Gustavo miró a Teo, y no pudo evitar comparar al viejo marchito y pequeño de la camilla, con el tipo lleno de vitalidad y decidido al que le había curado la mano.

─ No te preocupes, tatita ─dijo al tomarle la mano derecha-. Todo va a estar bien.

🌍 Worldbuilding

Un Santiago asfixiante sumergido en el caos de las protestas de 2019. Las calles están dominadas por el humo tóxico de las lacrimógenas, los escombros y la oscuridad de los túneles del metro. Esta violenta realidad urbana contrasta brutalmente con los ecos del pasado: la humedad y el aislamiento de los bosques cordilleranos de los años setenta, que ocultan la frialdad estéril de instalaciones militares subterráneas. Un entorno dual que refleja la naturaleza cíclica de la represión en Chile, donde los fantasmas de la dictadura resuenan directamente en las barricadas del presente.

👥 Personajes

Teo Nahuen: Un meico mapuche de 75 años. Un ex-conscripto que cargó con la culpa de la dictadura y ahora es la única línea de defensa contra la oscuridad.

Gustavo Valdés: Estudiante de medicina en la 'Primera Línea'. Socorrió al anciano equivocado y ahora su vida depende de aceptar que la realidad se está rompiendo.

💡 Inspiraciones

La tensión sintetizada de Carpenter y el Jazz Noir ominoso de corte Lovecraftiano. La conexión entre trauma histórico y horror sobrenatural.

📝 Notas del Autor

Estallido es el punto de quiebre. Es donde la realidad comienza a resquebrajarse. Teo Nahuen es el primero en ver las grietas, pero no será el último.

🎧 Soundtrack Oficial

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