Los peores son los gusanoides. [Nota del autor]: Fue la primera línea que escribí, sin tener idea de qué diablos iba a hacer. Me quedé mirando la línea y el cursor parpadeante... y vino la pregunta: ¿qué son los gusanoides? ¿Por qué son lo peor? Y me largué. [Fin de nota] Cada vez que me topo con uno, tengo que quemar la ropa que estaba usando. Es el olor. Y el ectoplasma. Los malditos no salen con nada. Ya he perdido la cuenta de cuánto gasto en shampoo, desodorante y nuevas mudas de ropa. Es tanto, que decidí trabajar en calzoncillos. Lo que en realidad no es un problema, porque mi zona de trabajo está aislada bajo tierra, herméticamente sellada, y sólo estoy yo.
Y como no atiendo a público, la cosa se compensa. ¿Lidiar con clientes? ¡Puajt! [Nota del autor]: Esta parte soy yo 100%. Siempre evito tratar con clientes, aunque soy bueno en eso... pero simplemente, me carga. [Fin de nota] Para eso tengo a Jazmine, mi secretaria, asistente, contadora, publicista, community manager, recepcionista y abogada. Ya les digo yo: todo un equipo por el precio de uno. A veces me pregunto cómo tuve tanta suerte como para contratarla y que haga tantas cosas por el sueldo que le puedo pagar... y después me acuerdo que sus pequeños problemitas con las autoridades [Nota del autor]: No tenía idea de qué problemas tendría. Simplemente necesitaba una razón por la cual ella trabajaría con él haciendo todo eso. Interesante lo que salió después. [Fin de nota] me dan ciertas ventajas.
No me malinterpreten. No es que la chantajee o la tenga de esclava. Es solo que nadie en esta ciudad está dispuesto a correr el riesgo de contratarla. Y bueno, yo no podía dejarla botada. A veces las buenas acciones son recompensadas. En este caso, prácticamente no me la puedo sacar de encima. Pero bueno, que me desvío del tema. ¿Dónde estábamos?
Ah, sí. Los gusanoides. Por su culpa ahora todo diagnóstico tiene un cobro mínimo [Nota del autor]: Esta frase fue la que comenzó a definir la precariedad que caracteriza a Bonaparte. Es la lucha del pequeño por sobrevivir honradamente, con todo en contra. No está muy lejano a cómo me sentía tratando de empujar mi editorial. [Fin de nota], que cubra los gastos de comprarme mudas nuevas de ropa e implementos de aseo. Para que no quedaran dudas hice un cartel bien grande, escrito con plumón en una hoja A4, y lo pegué al lado del mostrador, tres pisos arriba. También se lo machaqué a Jazmine:
—No hago diagnósticos si no pagan. ¿Entendido?
—No haces diagnósticos si no pagan.
—Entendido —repitió ella, con la vocecita ridícula que hace cuando quiere imitarme.
—Es en serio. No más caridades. Me estoy yendo a números rojos con la compra de cloro y útiles de aseo.
—No más caridades. Números rojos. Lo tengo —remedó de nuevo.
—¡Es en serio! ¡Mírame las manos! —estiré los dedos y le puse las palmas desolladas frente a los ojos—. ¡Resulta que soy alérgico al removedor de grasa! [Nota del autor]: De nuevo, soy yo. Me pasó por ahí por el 2001, que limpiaba el lavaplatos de mi departamento, cuando sentí algo raro en las manos. La piel de las palmas se hinchó, como si fuera un guante blanco. Pensé que si me pasaba a llevar sin cuidado, se iba a rajar. Y resultó ser alergia al antigrasa. [Fin de nota]
—Tu culpa por ser tan amarrete y no comprar guantes desechables [Nota del autor]: Esta línea establece la relación entre ambos. No quería subordinación, sino una constante pelea. ¿Para qué? Pues para hacer interesante sus interacciones. [Fin de nota] —remató con un bufido—. Tan delicado que salió. ¿Quién diría que te enfrentas a esas cosas horribles? El agua y el jabón no te hacen mal.
Se dio media vuelta y volvió a su escritorio.
—Y no me interrumpas más, que tengo que hacer videos para redes sociales y atraer clientela. Métete en tu hoyo y deja de molestar, que tengo un negocio que administrar.
¿Ven? Puedo ser muy firme cuando me lo propongo. Decidí que entendió mi punto, así que me metí al ascensor y volví a mi cubil. A lidiar de nuevo con los gusanoides.
En el muro al lado de mi mesa de trabajo, pegada a la pizarra de corcho con un chinche amarillo [Nota del autor]: De nuevo, la idea de la precariedad y de hacer las cosas con lo mínimo. Y aún así, hacerlo bien. [Fin de nota], estaba la orden de trabajo número 683 metida en un sobre plástico. Ya he gastado mucho papel y tinta rehaciendo las fichas, y encontré que el plástico resiste bien, así que es el método que uso ahora. La despegué una vez más, me salté las partes de información del cliente, fecha de recepción, técnico asignado, y me fui a lo que interesa:
Tipo de Aparato [Nota del autor]: Básicamente copié una orden de trabajo de un servicio técnico, agregando un par de cositas. [Fin de nota]: Televisor smart.
Marca: SANKAI.
Modelo: LM50OP56.
Accesorios incluidos: control remoto con pilas.
Descripción del problema: En las noches se enciende y comienza a gritar con el volumen al 100%. No se apaga cuando se le quita la corriente, ni cuando se desenchufa. La imagen muestra lo que el cliente describe como "un infierno verde". Sólo ocurre entre las 3 y las 5 de la mañana. El fallo comenzó hace 4 días.
Descripción del trabajo a realizar: Diagnosticar y reparar el problema.
Repuestos necesarios: por determinar.
Pago de Diagnóstico: realizado en efectivo.
¡Ah! Ahí estaba lo que buscaba. Todo pagado, estamos listos para trabajar. Me saqué la ropa y la guardé en el casillero. Lo cerré y armé un círculo de sal a su alrededor. Luego tomé el aspersor que tiene escrito "Agua bendita", y le eché un par de rociadas. Finalmente le puse un rosario en donde va el candado. Con eso debería bastar. Me gusta esa camisa.
Me puse el delantal de trabajo —que en realidad es un viejo delantal de cocina rosado con un estampado que dice "Cocino Rico", que conseguí en una feria de las pulgas por una ganga— y me dispuse a revisar el televisor. Miré la hora. Las 17:45. Bien, bastante alejado de la hora de actividad del aparato.
Revisé las entradas, los puertos de conexión, el enchufe, y todo estaba correcto. La enchufé a la corriente y prendió. No agarraba ningún canal, pero eso no es raro, considerando que estoy 3 pisos bajo tierra, en un búnker, con una capa de un metro de cemento entre mis paredes y el exterior, con una serie de rejillas metálicas sobre las cuales pasa una corriente eléctrica que lo convierten en una jaula de Faraday muy efectiva. Es decir, que no sólo me aíslo del calor y el frío —y de unas cuantas explosiones—, sino también de cualquier campo electromagnético.
No le puse sal porque eso carcomía el cemento y también podía terminar arruinando la jaula. Es por eso que tengo cielo, piso y muros falsos. En realidad son huecos, y ahí puse bolsas con sal. Absorben la humedad y crean la aislación más importante. La de los espíritus. ¿Por qué funciona? Ni idea. Sólo sé que no les gusta y no pueden traspasar algo que esté delimitado por ella.
Y en mi campo de trabajo, si bien es necesaria la teoría, la práctica lo es aún más. Verán, soy un exorcista profesional. Un exorcista de aparatos electrónicos. Y este es mi servicio técnico integral: "Tech-sorcismo [Nota del autor]: El título original de la novela era "tech-sorcista" [Fin de nota]: Desconectamos espiritualmente tus aparatos poseídos".
Sí, sé que es algo extraño, pero clientela no me falta. Como el caso de la orden de trabajo 683. Lo que me trae de vuelta a terminar con este asunto y poder ir a descansar.
Le saqué la tapa trasera al televisor y lo dejé en el arnés que tengo para estos casos. Me permite colgar el televisor y manipularlo sin necesidad de que toque la mesa. Así puedo ver la imagen, girarlo, acceder a sus componentes, hacer modificaciones, volverlo a girar, y ver los resultados en la pantalla.
Luego acerqué el mueble con ruedas donde tengo todas mis herramientas. Abrí el cajón con la etiqueta "Rituales Católicos", saqué un crucifijo, el manual de exorcismos —impresión casera, con anillado de plástico, bendito internet—, una estola morada con bordados dorados —no pregunten de dónde la saqué—, y me dispuse a realizar la aproximación estándar. Me puse la estola, besé la cruz y la estola, abrí el manual, hice la señal de la cruz y comencé a leer el ritual.
El bicho era sensible. No llevaba 10 minutos realizando las oraciones y salpicando agua bendita cuando el televisor se encendió a todo volumen y comenzó a chillar tan fuerte que casi me quedé sordo. No me molesté en tratar de bajar el volumen o apagarlo. Abrí el mueble en la cajonera con la etiqueta "Protección" y saqué un par de audífonos con cancelación de ruido [Nota del autor]: La idea era establecer la competencia profesional de Bonaparte. Puede ser precario, usar cinta adhesiva, pero está preparado. [Fin de nota], de esos que usan los trabajadores en las pistas de los aeropuertos. Al bicho no le gustó, porque chilló más fuerte aún.
Seguí impasible, leyendo las oraciones del ritual y lanzándole agua bendita con el aspersor cada vez que necesitaba tomar aire. De pronto la pantalla comenzó a combarse. Continué rezando. Pero esta vez sujeté la cruz, listo para el toque final.
Vamos, chico, que ya me sé este baile. Lo hice girar para ver la pantalla. La condenada se deformó más, como si fuera un plástico caliente a punto de derretirse. Algo trataba de salir, pero la cubierta lo mantenía atrapado. La imagen pasó de la nieve de un canal muerto, a una cara deformada de horror y dolor. La boca aullaba maldiciones en un idioma antiguo y nefasto, y los ojos escupían un odio profundo hacia mí.
Uy, qué miedo. He visto peores.
Volví a girar el televisor, identifiqué uno de los transistores del centro, fácil de sacar, fácil de reparar, fácil de reemplazar. Abrí el cajón con la etiqueta "Herramientas Generales" y saqué un lápiz de tablet, de punta gorda y suave [Nota del autor]: El procedimiento no es un invento. Me documenté sobre cómo se hace :-) [Fin de nota]. Lo puse sobre el transistor escogido, y apreté con firmeza.
Saltó como un tapón. Y con él, el gusanoide.
El bicharraco salió a presión, como el chorro de una botella de agua con demasiado gas que han agitado por media hora. Chocó contra el muro, pero no pudo traspasarlo. Dio bote hacia el techo, y tampoco pudo atravesarlo. Quiso escapar por el suelo, y de nuevo se estampó contra mi muro de sal. Los chillidos podrían haberme hecho desmayar, pero mis fieles audífonos aguantan el ruido de un jet a 20 metros.
Desesperado, el gusanoide dio media vuelta, me miró y echó chispas por los ojos. Y sin decir "agua va", se lanzó sobre mí.
Sonreí. Son tan predecibles.
Levanté el crucifijo, y se estampó contra él, a toda velocidad y sin posibilidad de esquivarlo. El efecto fue el de un camión chocando contra una bicicleta a 100 km por hora. Mi brazo era el camión. El bicho se pulverizó contra el crucifijo, y el ectoplasma restante me bañó entero.
Gusanoide eliminado. Sala de operaciones en estado lamentable. Me va a tomar un par de horas limpiar todo. Y así estaba, listo para continuar con la rutina, cuando sonó el citófono [Nota del autor]: Me engolosiné con el capítulo 1. Era mucho mas largo. De hecho, creo que lo recorté a la mitad. Y este es el punto donde ya me obligo a salir del bunker y de la cabeza de Bonaparte y mover la historia hacia adelante. [Fin de nota] que me conecta con el mundo de arriba.
—Don Ezequiel, le buscan —sonó la voz al otro lado de la línea.
—¿Don Ezequiel? ¿Qué bicho te picó? —le respondí.
—Sí, don Ezequiel. Sé que está ocupado, pero estos señores solicitan su atención. Dicen que son de la policía —continuó, tensa.
Y no era para menos. Nadie sabía que ella estaba conmigo.
—¿Vienen por ti? ¿Puedes escapar? —pregunté en voz baja.
—No, don Ezequiel. Me indican que es una cosa que deben hablar con usted.
—Diles que subo en un instante. Cuando suba, anda a la parte trasera y prepárate para ejecutar el plan de huida C.
—Muy bien, don Ezequiel. Les diré que viene en camino.
Mala cosa. Si vienen por ella, lo máximo que puedo hacer es distraerlos [Nota del autor]: En este punto no tenía la menor idea de qué podía ser el problema, quiénes eran los polis, qué querían ni cómo afectaba a Ezequiel. Pero eso es lo que hay que hacer cuando no sabes cómo seguir: poner un problema grande y ver cómo tu personaje sale de él. [Fin de nota]. Y creo que un hombre en calzoncillos, vestido con un delantal de cocina rosa, una estola morada, un crucifijo en una mano y bañado en ectoplasma, es la distracción perfecta.
Mi padre, el gran Bonaparte, décima generación de exorcistas europeos [Nota del autor]: Esto no estaba en el capítulo original. Surgió del proceso de edición, pues tenía un largo capítulo donde Ezquiel piensa sobre su vida y su historia en el ascensor. Muy entretenido, sí, pero arrastraba la trama como un grillete. El capítulo voló, y su información fue distribuida y salpicada por otros lugares (como este). [Fin de nota], se volvería a morir de la vergüenza si me viera. Él luchaba contra demonios bíblicos en catedrales de mármol; yo limpio tostadoras en un sótano y me escondo de la PDI. Pero el viejo murió de orgullo y hambre. Yo pretendo sobrevivir.
Llamé al ascensor.