El radar parpadeó una vez. Una mancha fantasma en el borde de la pantalla verde [Nota del autor]: Quería abrir la novela con una sensación muy táctil, sucia y claustrofóbica. En lugar de pantallas holográficas perfectas, empezamos con el parpadeo de un radar viejo. Es un pequeño homenaje a la tensión de los submarinos en películas como La caza del Octubre Rojo. [Fin de nota].
Parpadeó dos veces. La señal se hizo sólida, demasiado rápida para ser un pesquero, demasiado grande para ser un yate.
A la tercera, la alarma de proximidad llenó el puente de mando con un aullido insoportable. Era un patrón inconfundible.
—Ya están aquí —dije, cerrando la carpeta de manifiestos con más calma de la que sentía.
El del Parche en el Ojo escupió un tabaco negro sobre la rejilla [Nota del autor]: Este personaje es un cliché andante a propósito. Su actitud bravucona y su parche sirven para establecer una falsa zona de confort literaria. Su destino en este capítulo es mi forma de decirle al lector: "las viejas reglas de la aventura no aplican en este libro". [Fin de nota] del suelo. Llevaba tres días prometiendo que su ruta era invisible, un fantasma en el mar que nadie podría rastrear.
—¡Timón a estribor! —bramó, con la voz rota por el salitre—. ¡Despierten a los de cubierta! ¡Quiero los rifles fuera de la armería!
Me froté las sienes mientras miraba por la ventana hacia un horizonte todavía vacío.
—Capitán, si sacas un rifle, nos convierten en un arrecife artificial —dije—. Estos no quieren tu vida, quieren tu inventario.
El del Parche me ignoró. Giró la rueda del timón con violencia, haciendo crujir la madera vieja y obligando al barco a gemir mientras se inclinaba pesadamente hacia la izquierda. Era una maniobra inútil, un elefante tratando de esquivar a un guepardo en campo abierto.
La radio cobró vida. No hubo estática. La señal era cristalina, digital, aterradoramente limpia.
—Aquí el USS Lyndon B. Johnson [Nota del autor]: Un guiño directo a los fans del hardware militar naval. Investigar la estética poligonal y sigilosa de la clase Zumwalt me dio el tono exacto para la Marina en esta novela: fría, aséptica y sin ventanas. [Fin de nota]. Buque mercante no identificado, apague sus motores y prepárese para una inspección de cumplimiento comercial. Tiene veinte segundos.
El del Parche golpeó la consola.
—¡Esos gringos de mierda! —gritó—. ¡Estamos en aguas internacionales!
—Técnicamente, estamos en su zona de interés económico expandida —corregí—. Cambiaron la ley hace dos horas. Lo leí en el teletipo [Nota del autor]: Esta es una de mis proyecciones geopolíticas favoritas en la novela. Investigando derecho marítimo y zonas económicas exclusivas, pensé: ¿qué pasaría si la ley internacional se actualizara a la velocidad de las transacciones de Wall Street? [Fin de nota].
El capitán me miró con su único ojo bueno inyectado en sangre. Odiaba que yo tuviera razón, pero odiaba más que mi trabajo fuera rendirme mientras él quería jugar a los piratas de antaño. Miré el cronómetro del panel: quince segundos. Diez. Cinco.
¡FWOOSH!
Un dron negro, silencioso como una sombra, pasó rozando el puente y el estampido sónico hizo vibrar los cristales. El del Parche se quedó helado, con la mano temblando sobre el acelerador, hasta que finalmente soltó el mando. El barco comenzó a detenerse, flotando a la deriva como una ballena muerta.
Salí al alerón del puente para verlos llegar. No enviaron lanchas rápidas con banderas negras ni hubo gritos de abordaje. Un destructor gris, anguloso y sin ventanas, se deslizó junto a nosotros. Parecía un edificio de oficinas flotante armado con cañones de riel.
—¿Qué buscan, Lázaro? —preguntó el capitán, derrotado. Se había quitado el parche, revelando la cuenca vacía, un gesto que solo hacía cuando sabía que estaba jodido.
Revisé mi tablet, donde la lista de carga brillaba en azul eléctrico.
—No buscan el petróleo —dije—. Buscan los procesadores que llevamos escondidos en los barriles del fondo [Nota del autor]: En el primer borrador, el cargamento iba a ser armamento biológico. Pero, en realidad, a estos piratas no les importa el cargamento, por lo que no debía ser demasiado importante o peligroso. [Fin de nota].
Una lancha inmaculada se separó del destructor y cuatro figuras subieron por la escala real. Llevaban uniformes blancos, tablets en la mano y fusiles de asalto colgados al hombro con una elegancia casual.
Se acercaron al puente.
El oficial al mando era joven, rubio y tenía una piel tan limpia que parecía sintética. Se quitó los lentes de sol y sonrió.
—Buenos días, caballeros —dijo en un español perfecto—. Servicio de Aduanas y Protección Fronteriza.
El del Parche apretó los puños. Yo di un paso al frente y extendí mi tablet con los permisos falsificados.
—Todo está en orden, oficial —mentí, usando mi mejor voz de burócrata aburrido—. Manifiesto 404, carga a granel, destino neutral.
El oficial ni siquiera miró mi tablet.
Me miró a mí.
Sus ojos azules me escanearon como un código de barras.
—Usted es Lázaro —dijo, pronunciándolo como quien lee un expediente, no como quien saluda a un amigo.
Sentí un frío en el estómago que no venía del mar.
—Soy el supercargo —respondí, manteniendo la formalidad—. Mi apellido es irrelevante para la inspección.
El oficial sacó un cartón de leche pequeño [Nota del autor]: Necesitaba un detalle que hiciera a Vance memorable e inquietante desde el segundo cero. El contraste visual entre un soldado de élite inmaculado, un fusil de asalto y una cajita de leche funcionó perfecto para definir su psicopatía. [Fin de nota], de esos que dan en las escuelas, y le dio un sorbo ruidoso. El contraste entre la leche infantil y el rifle de asalto en su hombro era grotesco.
—Se equivoca, señor Lázaro —dijo el oficial, limpiándose una gota de leche del labio—. No venimos por los procesadores, ni por el petróleo, ni por este montón de chatarra oxidada.
Hizo un gesto con la mano.
¡CLACK!
Los tres soldados detrás de él levantaron las armas. Pero no apuntaron al capitán.
Me apuntaron a mí.
—Venimos por el abogado —dijo el oficial, sonriendo con dientes demasiado blancos—. Felicidades. Ha sido reclutado.
El del Parche intentó intervenir.
—¡Él es mi tripulación!
El oficial suspiró.
Sacó una pistola y disparó una sola vez. Sin mirar.
El del Parche cayó al suelo con un agujero limpio en la frente.
El ruido fue seco. Definitivo.
El oficial me tendió la mano sobre el cadáver aún caliente.
—Comandante Vance —se presentó—. Y tenemos mucho trabajo administrativo que hacer.
Miré la mano.
Miré el cuerpo.
Miré los destructores en el horizonte.
No tenía opción.